lunes, 23 de noviembre de 2015

Vallmajor, la 'Casa de los Horrores' de Barcelona durante la Guerra Civil

Convento de Les Magdalenes Agustines, donde se levantó la
checa de Vallmajor.
Murió dando “vivas a Franco” y sin embargo, había sido el responsable de la muerte de cientos de franquistas en Barcelona durante la Guerra Civil. Así de contradictorio era Alfons Laurencic, uno de los personajes más siniestros de la retaguardia republicana  y conocido tristemente por haber sido el creador de la checa más despiadadas de la ciudad condal. Fue el gran impulsor de una auténtica 'Casa de los Horrores' durante el tramo final de la guerra. De él se han publicado infinidad de artículos, especialmente en blogs temáticos, pero no se ha profundizado demasiado sobre los macabros inventos de tortura que él mismo diseñó  entre 1937 y 1939,  para fulminar a los enemigos de la República.

La historia de Laurencic es conocida a grandes rasgos por cualquier aficionado de la Guerra Civil que se precie. Todo el mundo sabe que una semana después de que los sublevados entraran en Barcelona, una avanzadilla franquista detuvo a un grupo de militares republicanos cerca del Santuario de El Collell que estaban intentando llegar a la frontera con Francia. Laurencic estaba en ese grupo de republicanos que huida en desbandada aquel mes de febrero de 1939. Curiosamente fue arrestado junto a sus compañeros de fuga a escasos kilómetros del lugar en el que tuvo lugar el último gran fusilamiento republicano de la guerra, celebre por la famosa película 'Soldados de Salamina'. Aunque hay algunas versiones que afirman que Laurencic en realidad no estaba huyendo sino que estaba preso en el Collel por parte de los propios republicanos, desde Guerra en Barcelona no damos crédito a esta afirmación por motivos que más adelante explicaremos.

Al tener la nacionalidad austriaca (aunque había nacido en Francia) y presumir durante su detención de que hablaba perfectamente siete idiomas, Laurencic fue puesto a disposición de un oficial alemán que se encargó personalmente de trasladarle a Barcelona, donde meses más tarde sería juzgado por haber sido el gran promotor de las checas de Vallmajor y Zaragoza respectivamente. El 12 de junio de 1939 y ante una gran expectación mediática empezaba su Consejo de Guerra en la ciudad condal en el que Laurencic trató de defenderse afirmando tajantemente que él en realidad “había espiado a favor de Franco” . Esta afirmación sería desmontada con  facilidad tanto por el fiscal como por el abogado acusador que demostraron que este oscuro personaje “realmente” no conocía a nadie en la España nacional.

Antes de ser ejecutado, ya que fue condenado a muerte, Laurencic reconoció públicamente que había diseñado los elementos de tortura más macabros de la Guerra Civil a petición del gobierno del Frente Popular, especialmente a petición de Santiago Garcés, máximo responsable del SIM (Servicio de Información Militar) por aquel entonces. Estos elementos de tortura, después de más de 75 años, siguen poniendo los pelos de punta al igual que los testimonios de las personas que sobrevivieron a las checas de Vallmajor y Zaragoza que fue donde operó Laurencic.
Reproducción en color de la checa Vallmajor

Laurencic fue el encargado de diseñar la checa de Vallmajor pero él no se encargó directamente de colocar los ladrillos de cada una de las celdas de castigo. Para ese cometido estaban los presos como  Víctor Esteban Ripaux, natural de Barcelona y residente en carrer San Honorato 3. Le habían detenido acusado de practicar el Socorro Blanco, es decir ayudar económicamente a los partidarios de los nacionales que había emboscados en la ciudad condal. Tras pasar por varios centros de internamiento y campos de trabajo, Víctor finalmente quedó recluido en el Castillo de Montjuic del que era sacado a diario para trabajar construyendo las celdas de Vallmajor.

A pesar de que su profesión era la de pintor, el SIM le eligió a él, con el visto bueno de Laurencic, para que construyera con sus manos las celdas, siendo obligado a trabajar por sus captores. Esta es la declaración a la que hemos tenido acceso y en la que menciona al propio Laurencic: “De la checa de Vallmajor no recuerdo a ningún guardia, pero sí a un tal Laurencic. Estuve bajo sus órdenes, yo como peón de albañil. Mi trabajo consistía en acabar de derribar el coro de la Iglesia y una vez derribado el propio Laurencic trazó los planos para efectuar unas pequeñas celdas

Después de este primer testimonio y sin más dilación, empezamos a enumerar cuáles eran y

Las torturas de Vallmajor

Situada en el número 29 de la calle Vallmajor de Barcelona (entre las calles, Ravella, Modollel y Copérnico), la checa, conocida por preventorio D, empezó a funcionar pocas semanas después del inicio de la Guerra Civil. Básicamente estaba formada por dos grandes edificaciones: un chalet para interrogatorios y justo enfrente la cárcel propiamente dicha, instalada en un antiguo convento, que más adelante se convertiría en escuela de párvulos de la Generalitat. Se constituyó en primer lugar como centro de detención de la CNT aunque más adelante pasaría a ser propiedad del SIM (Servicio de Información Militar). Laurencic fue el encargado de diseñar los elementos de tortura que se iban a aplicar en esta checa a los detenidos con el objetivo de que “cantaran” y delataran a otros supuestos enemigos de la República (entre esos enemigos llegaron a estar miembros del POUM y de la FAI).
Diseño dibujado por el propio Laurencic de una celda de
castigo para los prisioneros más duros.

Nuestro protagonista diseñó diferentes compartimentos o celdas de castigo que serían utilizadas en Vallmajor para martirizar a los prisioneros. Uno de estos compartimentos recibía el nombre de 'La Verbena' y en su interior existían varias 'celdas – armario'. Estas consistían básicamente en tres cajones de 50 centímetros por ancho por 40 de profundidad, con el techo constituido por una tabla de madera movible y de altura graduable. El prisionero que entraba en estos cajones no tenía apenas espacio para moverse ya que adosado en el fondo, se encontraba un saliente inclinado, de 13 centímetros, destinado a que la víctima no pudiera apoyarse. Este saliente no permitía al reo sentarse completamente sobre el mismo. Asimismo, la plancha graduable del techo, se colocaba de forma que el recluso tuviese que permanecer encogido y con la cabeza inclinada. Además, el suelo de la celda tenía una forma cóncava, lo que impedía el normal apoyo de los pies.

En la cara interna y parte interior de las puertas, había una tabla de madera que al cerrarse, se introducía entre las piernas de la víctima, impidiéndole todo cambio de postura y obligándole a permanecer en una posición muy forzada. En la parte alta de estas puertas, se habrían dos pequeñas ventanillas que estaban colocadas a la altura de los ojos del preso y en las que se colocaba un foco eléctrico muy potente. Además de la molestia que suponía el foco para los ojos, la luz aportaba también un calor terrible. Al nivel de la cabeza se colocó un potente timbre eléctrico que funcionaba constantemente y que reproducía un sonido terrible.

Los presos que entraban en estas cajas armarios permanecían unas tres o cuatro horas dentro de él. Pocos fueron los que aguantaron estoicamente esta tortura, sin embargo, la gran mayoría terminaban cantando lo que los carceleros decían para evitar un martirio mayor.

El  patio de los fusilamientos

Laurencic y sus colaboradores más allegados diseñaron en el patio de la Checa de Vallmajor donde construyeron un  paredón de fusilamiento, en el que también se había levantado una especie de fosa. Allí se realizaron un gran número de simulacros de ejecuciones a casi todos los prisioneros que estuvieron encerrados . El objetivo era crear entre los reos un clima de pánico permanente, además de la deshumanización que tenían al ser encerrados en las macabras celdas de Laurencic. Los simulacros de ejecución fueron torturas psicológicas de las que no todos los presos consiguieron recuperarse. Las escenas que se vivieron en aquel jardín fueron terribles y según relatarían los supervivientes tras la guerra, aquellos instantes serían muy difícil de olvidar.
Otro compartimento de la checa de Vallmajor

El jardín de Vallmajor podría definirse perfectamente como el de los horrores. Ubicado en dirección este, había un pequeño pozo, muy estrecho que contaba con una polea. En el pozo se torturó también a los presos a los que se subía y bajaba con este sistema de poleas, a alguno se le bajaba sujeto por los brazos y a otro directamente por los pies por lo que se le sumergía la cabeza durante algunos segundos. El objetivo de estas torturas, como venimos diciendo, era que los prisioneros cantaran y al mismo tiempo minar su moral.

Laurencic y los suyos también utilizaron de manera muy intensa un pasaje subterráneo al que se accedía desde el patio. Ese pasaje era por el que pasaban los presos para llegar al otro edificio que tenía la checa sin llegar a cruzar la calle y evitar de esta manera las miradas indiscretas de los vecinos. Era un pasadizo muy estrecho, muy oscuro y el techo muy bajo, lo que provocaba en los reos una sensación de enorme de angustia e incluso claustrofobia antes de ser interrogados. Poco tiempo después de que terminara la guerra, los miembros del SIPM franquista se encontraron con un sinfín de nombres de prisioneros grabados con lápiz en las paredes de este pasillo, como si hubieran tratado de inmortalizar su presencia allí. Muchos de estos nombres tenían una cruz al lado. El lector ya puede imaginar lo que significaba.

Otra de las torturas que solía emplear el maquiavélico Laurencic llevaba por nombre 'La Ducha'. Era un pequeño cuarto en cuya parte exterior se hallaba una manguera que funcionaba a gran presión. Esta manguera cargaba  duramente contra el detenido que estaba completamente desnudo. Inmediatamente después de la ducha, los prisiones eran interrogados por sus mismos captores sin que se les permitiera taparse o secarse hasta después del interrogatorio.

Las celdas psicotécnicas

También en el jardín, se decidió levantar un pabellón de gran tamaño donde se encontraban las celdas psicotécnicas o conocidas por todo el mundo como “mazmorras alucinantes”.Laurencic aplicaba una serie de elementos psicotécnicos para torturar a los arrestados. Allí no faltaban los ladrillos colocados de canto para impedir el paseo o la cama inclinada de tal forma que el reposo de la misma. A estos dos elementos había que sumarle el hecho de ruidos estridentes y visualizaciones de objetos extraños que provocaban que muchos presos perdieran la cabeza definitivamente.

Otra celda de la checa dibujada
por el propio Laurencic
Ha llegado hasta nuestros días estos detalles tan minuciosos de las torturas de Vallmajor, no porque la propaganda franquista se encargara de difundirla durante años (que también), sino porque el propio Laurencic en su juicio se mostraba orgulloso de lo que había hecho y lo explicaba sin pelos en la lengua. Estas celdas psicotécnicas, tal y como explicó nuestro hombre, tenían dos metros y medio de largo por un metro ochenta de ancho. El techo estaba pintado de negro y las paredes de un gris oscuro con rayas verticales, horizontales y diagonales de color amarillo. En la pared del fondo fueron pintados unos círculos de diversos colores y un tablero de ajedrez blanco y negro. 

En la parte interior de la puerta, tenía pintada en su parte baja un espiral y en la parte alta unos dados. Justo encima de la pared donde se hallaban pintados los círculos y el tablero,estaban instalados unos cristales verdosos que filtraba una luz difusa que hacía resaltar un aspecto extraño a los dibujos, especialmente a los dados del dorso de la puerta. Laurencic explicaría que había elegido el color verde “para producir en el detenido el efecto de un día triste, lluvioso y sin esperanza”. Por la noche se encendía una luz roja por lo que las formas variaban considerablemente. Las espirales y dados implicaban puntos de sugestión de los presos mientras que los círculos y las líneas producían una irritación sobre el sistema nervioso. También se había colocado en estas celdas un reloj dispuesto de tal forma que durante un día entero no marcaba más que cuatro o cinco horas, hecho que producía en el recluso una desorientación mayúscula.

Así funcionaba 'La Campana'

Para muchos de los presos la celda de 'La Campana' era una de las más terribles de todas las instaladas en la checa. Se utilizaba para los casos extremos y solo los presos más resistentes mental y físicamente eran introducidos allí. Estaba instalada en el lugar donde se levantaba el antiguo mausoleo del convento. Tenía forma cilíndrica pero con los ángulos redondeados. Su diámetro era de unos cuatro metros y medio aproximadamente y las paredes tenian un color negro intenso aunque con una capa de brea. En el centro del techo se había instalado un foco muy potente recubierto de una armadura metálica para impedir que los presos pudieran romper la lámpara. Laurencic levantó esta celda con una pared doble, lo que contribuía a aumentar la resonancia. No había ventilación de ningún tipo.

El martirio al que era sometido el preso encerrado en 'La Campana' consistía en introducirle allí por lo que queda encerrado hermáticamente. La forma especial (cilíndrica), el brillo de los muros y el color intenso provocaba en el reo una desorientación completa. La falta absoluta de ventilación y el calor que desprendía la potente lámpara, provocaban que la atmósfera fuera terriblemente caldeada e irrespirable. Además,  la celda estaba impregnada de un fortísimo olor de alquitrán que revestía la pared. Ante esta situación, ya de por sí traumática, los carceleros hacían rodar sobre el techo un pesado rodillo y ponían en movimiento unos discos metálicos cuyo estruendo resonaba en el interior en proporciones desmedidas.

Más pesadillas en Vallmajor

Si los instrumentos de tortura eran atroces en Vallmajor, el trato directo de los carceleros hacia los presos era aún peor. Los golpes con cachiporras y el uso de una especie de látigo estaban a la orden del día. Cuando no se desnudaba a los interrogados, sí se les quitaban los zapatos a los que solía pisarse sin piedad con fuertes botas militares. Por otro lado, el régimen alimenticio era paupérrimo, en especial en el tramo final de la Guerra Civil. Los internos solo comían dos veces al día y su menúu consistía en un chucharón de una especie de caldo (muy aguado) con unas cuantas judías o garbanzos, un trozo de pan negro y un baso de agua diario. Esta pésima alimentación provocaría muy pronto entre los reclusos todo tipo de enfermedades que acabarían con la vida de muchos de ellos.
Imágenes de las celdas realizadas tras la Guerra Civil

La suciedad era otro elemento más de tortura ya que los presos debían permanecer todo el tiempo que estuvieran encerrados solamente con la ropa que llevaban puesta al ingresar. Además, solo eran sacados un par de veces al día para que hicieran sus necesidades en el patio mientras que no les era permitido salir más veces por lo que muchas veces utilizaban el suelo de su propia celda como baño improvisado. Eran frecuentes las epidemias entre los reclusos de avitaminosis, forunculosis y sobre todo sarna.

Así se desarrolló el Consejo de Guerra contra Laurencic

Desde que empezó el Consejo de Guerra, Laurencic se mostró arrogante y sobre todo impertinente con los jueces, según contarían las crónicas de la época. Explicó inicialmente que él había nacido en Yugoslavia y que había venido a España por primera vez al término de la Primera Guerra Mundial donde había sido bautizado. En el año 1921 se alistó en la Legión para tratar de conseguir la nacionalidad española, circunstancia que no consiguió, por lo que en 1923 se marchó del país. Después explicaría que tras convertirse en músico profesional y estudiar en la Universidad de Viena, regresaría a Barcelona en 1933 donde seguiría trabajando como músico hasta que empezó la Guerra Civil.

El 20 de julio de 1936, siempre según la versión de Laurencic, se presentó en la Comisaría de Orden Público de Barcelona ante el “por la anarquía que había en la calle”. Según dijo, él se consideraba un hombre de orden y por eso decidió colaborar con la Comisaría donde había informado previamente que había servido en su día en la Legión. Empezó trabajando como intérprete oficial ya que hablaba siete idiomas para, después convertirse en escolta de los muchos extranjeros que visitaban la ciudad condal.

A medida que avanzaba el Consejo de Guerra, los delirios de Laurencic fueron aumentando paulatinamente. Reconoció haber sido agente de 'Contraespionaje' de la República, afirmando que su número de agente era el 29. Aprovechaba sus conocimientos de idiomas para acceder a consulados y tratar con personas de otras nacionalides. Más adelante aseguraría que en mayo de 1938 seguía trabajando como agente de 'Contraespionaje' en Barcelona pero en esta ocasión para la “Causa Nacional”. Cuando el fiscal le preguntó durante el juicio por los nombres de sus jefes del bando nacional, Laurencic señaló que había “espiado” por su cuenta ya que se encontraba “muy vigilado” por la República. Sin embargo, afirmó haber tenido algún tipo de colaboración con un falangista al que había conocido en la cárcel (ya que Laurencic fue detenido en 1937 durante los enfrentamientos entre comunistas y anarquistas) llamado Santiago Rives Queralt.
Recorte de prensa de la época sobre el caso Laurencic

Tras estar varios meses detenido, Laurencic fue puesto en libertad en la primavera de 1938 y según su relato, fue entonces cuando empezó a trabajar ya directamente para el SIM. Dijo que Santiago Garcés fue el responsable de este servicio que le instó para que construyera las celdas de tortura de la checa de Vallmajor, algo que a nuestro juicio parece más que improbable. Hay cientos de testimonios de personas que estuvieron presas en Vallmajor que afirmaron tras la Guerra Civil que las celdas psicotécicas y las celdas armario ya estaban en funcionamiento en 1937.

Laurencic durante el Consejo de Guerra reconoció haber diseñado estas celdas y que volvería a diseñarlas “una y cien veces”. Dijo que un tal Garrigós, que venía del Banco de España en Madrid, había supervisado los diseños que Laurenvic había diseñado de su puño y letra y que se pueden ver en esta entrada del blog.
En todo momento Laurencic dijo que había sido coaccionado por el SIM para construir las celdas y que solo lo había hecho para salvar su vida, ya que había sido condenado a pena de muerte por los tribunales republicanos a raíz de los incidentes de mayo de 1937.

Algunas declaraciones de los supervivientes de Vallmajor

Manuel Goday Prats fue secretario del Colegio de Abogados de Barcelona hasta que empezó la Guerra Civil. Fue, como otros muchos, detenido y acusado de desafecto y entre otras checas a la que fue trasladado, se encontraba Vallmajor. En el juicio contra Laurencic, Goday explicó su paso por Vallmajor diciendo que nada más llegar hasta esta checa “fui introducido en una habitacióny sin mediar palabra, golpeado por porras. Cuando estaba casi sin sentido me apoyaron contra la pared y me clavaron unas tijeras en la nuca y me rociaron todo el pecho con gasolina. Después me prendieron fuego y las llamas fueron apagándose poco a poco. Después me quisieron hacer una tortura más terrible pero me opuse ferozmente. Me dejaron un rato. Al poco me obligaron a salir a la calle y me metieron en un coche simulando darme el paseo. Luego volvimos a la checa. Después, un individuo al que llamaban coronel me invitó a que hablase o por el contrario tenían preparados tormentos chinos. Después fui introducido en una gruta que hay en el jardín, en esa gruta hay tres armarios de portland, con techos muy bajos y como la pared está inclinada en forma de ángulo uno no puede ni tumbarse ni sentarse. Al cerrarse la puerta, un palo que sale de ella se mete entre las piernas. Muy cerca de la nariz queda un potente foco y suena constantemente un timbre atroz. La sensación de asfixia es horrible”.
Tras la guerra, Himmler y otros líderes nazis accedieron
a ver la checa de Vallmajor en una visita a Barcelona

Con estas torturas al secretario del Colegio de Abogados, los chequistas de Vallmajor querían obtener información del paradero de varios miembros de la Quinta Columna entre los que se encontraba el comandante de estado mayor Aimat y a otro quintacolumnista llamado José Gallard. Este último terminaría siendo también trasladado a Vallmajor y sometido a malos tratos hasta que fue asesinado.

Juan Juncosa Orga, licenciado en medicina, también estuvo varios meses detenido en Vallmajor: entre agosto de 1938 hasta el final de la contienda. Durante su declaración aseguró que el tormento “más habitual” de Vallmajor eran los golpes que recibían los prisioneros con una porra de alambres revestidas de goma. “También aplicaban hierros candentes sobre las zonas más sensibles como los testítulos” , afirmó Juncosa durante el juicio mientras que reconoció que más de un preso se quitó la vida en Vallmajor para acabar con tanto sufrimiento.

Julio Degollada Castanys fue otro de los presos que estuvo en Vallmajor y no tuvo reparos en reconocer a Laurencic como uno de los responsables de la checa, al que había visto en el interior de las instalaciones. Sin embargo, llama la atención de las manifestaciones de Degollada que afirma que al principio Laurencic estaba en la checa como “un detenido más”. Indica, eso sí, que más adelante dejó de ser estar detenido y que entraba y salía de la checa con total libertad.

Otra persona que sufrió torturas en Vallmajor se llamaba Guillermo Bosque Lapena quién explicó durante el Consejo de Guerra de Laurencic que en este checa solían dar a los presos “tres duchas diarias de agua fría” para después, empujarles hacia una carbonera. Este reo también reconocería que estuvo cinco días sin comer como consecuencia de las palizas recibidas y en relación con Laurencic desmintió que inicialmente fuera un preso más de la checa. “De ninguna manera, gozaba de libertad absoluta porque allí no se podía hablar con nadie y a él le saludaban los dirigentes del SIM con toda clase de consideraciones.

 El falangista Felix Ros estuvo casi un año encerrado en la checa de Vallmajor pero pudo sobrevivir para contar en su libro 'Ocho meses en el Preventorio D' los sufrimientos que allí padeció. En ese libro, además de mencionar uno a uno a los guardianes de la checa, explicó su vida el la celda 36: “Era amplia, como casi de cuatro por siete. Al abrirme la puerta, la impresiónm de más deplorable, es que allí había hasta cincuenta y pico individuos, con la ropa destrozada, sobre un fondo de hollín”. Después contaba como era la vida cotidiana en la checa: “Por la mañana se salía unos minutos, a las siete y a las diez, esta segunda vez para asearse un poco, sin jabón, ni toalla, ni peine. En una palabra, con agua cuando la había. Después de los ranchos dos salidas más. Las horas del rancho variaban. El minúsculo pan lo traían antes de mediodía y se acabó. Ya podía estar uno enfermo, tener sed y otra necesidad”

La condena a muerte y la ejecución

A mediados de junio de 1939 y después de las declaraciones de muchos testigos, así como de los intentos de justificación por parte de nuestro protagonista, Laurencic fue condenado a muerte por el Consejo de Guerra. Días antes de ser ejecutado, pudo hablar con el presidente del tribunal que le juzgó asegurando que “había sido víctima de las circunstancias” y que moría con la “conciencia muy tranquila”.

La noche previa a su fusilamiento afirmó: “Aunque se que voy a morir, viva el Generalísimo Franco”. Tras confesar y comulgar fue trasladado al Campo de la Bota a las 4 de la madrugada del 09 de julio de 1939. Delante del piquete de fusilamiento, se negó a que le taparan los ojos y justo antes de recibir la descarga de disparos, levanto el brazo en forma de saludo nacionalista.

Una inspección ocular y la visita de Himmler

Dos años después de haber terminado la Guerra Civil, en Barcelona se seguía hablando de la checa de Vallmajor. Los supervivientes empezaron a celebrar una especie de peregrinación a pie por los alrededores de la checa para darle gracias a Dios por haberles permitido sobrevivir a una pesadilla. Hablando de pesadillas, el líder nazi, Himmler visitó la ciudad condal en plena II Guerra Mundial y entre los lugares a los que acudió se encontraba la mencionada checa. A Himmler le sorprendió las torturas a las que fueron sometidos los presos derechistas en Vallmajor, algo que llama poderosamente la atención ya que Himmler fue uno de los grandes impulsores de los campos de concentración nazis.

Sabemos que el 18 de septiembre de 1941, dos años después de terminar la guerra, la Dirección General de Seguridad hizo una inspección ocular de la checa de Vallmajor. Quizás lo que estaba preparando la DGS era la futura visita de Himmler. En cualquier caso, hemos recogido parte de esta inspección: "Se observó que el citado edificio es un chalet con un pequeño jardín y huerto. Las habitaciones del mismo se encuentran ocupados por escasos muebles deteriorados y por las formas y estilos diversos, se ve que procedend e diferentes domicilios. Como portero encargado de enseñar a los visitantes los dos edificiones que constituyeron la checa de Vallmajor, compareció un señor llamado Luis Sánchez. Esta persona facilitó a esta Fiscalía el acceso al local, salvo en la parte reservada a las montas".

La inspección ocular de 1941 seguía su curso: "En la parte baja del chalet aludido y en un lugar destinado a carboneras, se observa que existen tres celdas iguales de unos cincuenta centímetros de ancho por cuarenta de fondo, construidas de madera, excepto en la parte posterior que es de cemento. Estas celdas son las conocidas con el nombre de celdas-armarios y a la que muchos llamaban la verbena".


Fuentes consultadas

- Causa General, las checas de Barcelona.
- Hemeroteca Nacional. 
- '¿Por qué hice las chekas de Barcelona. Laurencic contra el consejo de guerra (1939), RL Chacón.
- Las Checas del Terror, César Alcalá.
- 8 meses en el preventorio C, Ángel Ros.

miércoles, 30 de septiembre de 2015

Los bombarderos nazis que se estrellaron en Lérida

Avión alemán accidentado en el año 1944 cerca de Sort 
Las montañas del Parque Nacional de Aigüestortes siguen guardando secretos relacionados con la Guerra Civil Española y con la II Guerra Mundial que no siempre pueden resolverse. Aunque nuestro blog se centra básicamente en la contienda de nuestro país, en esta ocasión nos vamos a permitir la licencia de enfocar nuestro artículo hacia el conflicto que asoló Europa entre 1939 y 1945. 

De todos es conocido que cientos de aviadores abatidos estadounidenses, ingleses y canadienses llegaron a España atravesando el Pirineo Catalán y huyendo de los alemanes. Se han escrito muchos libros y artículos relacionados con estas heroicas evasiones con las que se buscaba la neutralidad de nuestro país. Sin embargo, no suele ser de dominio público el hecho de que varios aviones de combate, cayeran en territorio español durante la II Guerra Mundial. Los hechos que en su día fueron ocultados por las autoridades franquistas, han vuelto a ver la luz gracias al pequeño librito que publicó un empleado de banca jubilado, llamado 'Avions Alemanys caiguts al Pallars sobirá durant la II Guerra Mundial'. Josep Pla es el magnífico escritor que escribió este libro que hemos podido adquirir recientemente. 

El libro, muy recomendable para aprender como se realiza una investigación de carácter histórico, explica primeramente la historia del bombardero DORNIER DO-217 E4. La madrugada del 24 de agosto de 1943, un bombardero alemán DORNIER DO-217 despegaba de la base aérea de la Luftwaffe de Villaroche, muy cerca de París, para realizar un vuelo de reconocimiento. La tripulación estaba formada por cuatro militares alemanes entre pilotos, copiloto, operador de radio y artillero (ninguno superaba los 30 años de edad). 

Gracias a sus contactos con los diferentes archivos militares alemanes y españoles, Josep Pla consiguió saber que aquel vuelo de reconocimiento del DORNIER DO-217 no pudo regresar a su base. Tras hora y media de vuelo, estando en el sur de Francia, los mandos del bombardero empezaron a fallar. Era una noche tremendamente oscura y en unos minutos los dos pilotos se quedaron totalmente desorientados. Sin perder la calma, el comandante trató de enviar un SOS por radio, pero el sistema de comunicaciones también había fallado (¿un sabotaje?). El avión trató de descender altura para buscar luces similares a un aeródromo pero nadie vio absolutamente nada por dos motivos: 1) La noche era muy oscura 2) Sin saberlo los pilotos, el avión estaba a punto de adentrarse en España en una zona montañosa: la comarca de Pallars. 
Un DORNIER DO 217 preparado para el despegue


Conscientes de que hacerse con las riedas del avión era una misión imposible, los cuatro miembros de la tripulación del DORNIER DO-217 decidieron saltar del paracaidas, dejando que el avión siguiera su rumbo hacia las montañas donde posiblemente terminaría estrellándose sin nadie dentro. Tres de los tripulantes del bombardero llegaron a tierra sanos y salvos, sin embargo, el operador de radio Alfred Gidler, de 25 años, no tuvo tanta suerte: su paracaidas no se abrió y el murió en el acto. Pese a lo escarpado del terreno, los supervivientes consiguieron llegar a pie a la localidad francesa de Bidarray, a escasa distancia de Baiona. 

Día 5 de septiembre de 1943. El alcalde Espot, un pequeño pueblecito de Lérida que por aquel entonces tenía 300 habitantes, acompañaba a un buen amigo suyo a hacer una ruta por la montaña. Cuando se dirigían a un pequeño refugio situado en lo alto de una cresta, el alcalde comprobó que sobre el suelo había rocas  quemadas y restos de algo que parecía metal. Siguieron caminando dirección norte y a los pocos metros se encontraron con lo que parecía el ala de un avión. Casi sin darse cuenta comprobaron que en un radio de lo más escaso había cientos de restos del bombardero alemán desperdigados por toda la cresta que desde ese día empezó a ser conocida como la 'Cresta del avión'. 

A pesar de que el alcalde de Espot dio aviso del hecho a la Guardia Civil, que se personó en la cresta el día 07 de septiembre, en las jornadas siguientes se desplazaron hasta la Cresta del avión cientos de aficionados a la montaña para ver los restos y llevarse algún pedazo de la aeronave de recuerdo. Todavía hoy algún aficionado a la montaña puede encontrar algún resto en la zona en la que se estrelló el aparato. 

Finalmente el Ejército del Aire se personó para averiguar lo que había sucedido estableciendo un perímetro de seguridad para evitar el pillaje de los montañeros aficionados. Al no encontrarse restos humanos en las inmediaciones del avión, los investigadores militares hicieron un informe en el que se aseguraba que el avión se estrelló sin tripulantes. Gracias a su investigación, Josep Pla ha confirmado que el bombardero nazi voló sin tripulantes varios kilómetros adentrándose de lleno en España, hasta que se estrelló. Los aviadores alemanes saltaron en paracaídas en la zona francesa. 

Josep Pla ha intentado contactar con los supervivientes del DORNIER DO-217 y no tuvo fortuna. En las diferentes hermandades militares germanas le dijeron que previsiblemente los  tres tripulantes del avión siniestrado en España no llegaron con vida al fin de la II Guerra Mundial. El radioperador Alfred Gindler, que murió después de que no se le abriera el paracaidas, estuvo enterrado inicialmente en el cementerio de St Etiene y ahora se encuentra en el cementerio militar alemán de Berneuil.

Un Junkers Ju 88 estrellado en Enviny

Otro de los casos que más nos han impactado de aviones caídos en la zona de Lérida durante la II Guerra Mundial, tuvo a un JUNKERS JU 88 como principal protagonista. Corría la primavera de 1944 cuando los vecinos de Enviny, localidad perteneciente ahora mismo al término municipal de Sort, escucharon un impacto  en la montaña. Hasta días después no pudieron comprobar con sus propios ojos que aquel ruido ensordecedor había sido el accidente que había sufrido un bombardero alemán JUNKERS JU 88 en la zona de Font Cabrista. 

El avión era un bimotor germano pilotado sorprendentemente por una persona. A las autoridades que se desplazaron hasta Font Cabrista les sorprendió encontrar tan sólo un cadáver cuando el avión puede tener hasta cuatro personas como tripulantes. Además, diferencia del caso anterior, los restos del JUNKERS JU 88 no estaban tan desperdigados y tenían un tamaño mayor. 

Existen fotografías en el libro de Josep Pla que demuestran que el avión era cien por cien germano ya que aparece en una de las imágenes una Cruz Gamada. 
Aviones JUNKERS 88


La caída de aquel avión nazi sobre la montaña de Lleida sigue siendo un misterio aunque las hipótesis que barajó tanto el Ministerio del Aire franquista como la embajada alemana en España se aproximaban al “terrible accidente”. Aparentemente, el piloto, cuya identidad nunca se ha podido dar a conocer, podría estar haciendo unas pruebas con el avión que estaba cargado de bombas. 

El impacto contra el suelo provocó un cracter de al menos tres metros de profundidad que todavía hoy puede vislumbrarse 71 años después de que terminara la II Guerra Mundial. El cuerpo del piloto estaba desmembrado y algunas partes se encontraban carbonizadas. Su cara estaba totalmente desfigurada por lo que nunca pudo ser reconocido. Unos vecinos de la localidad recogieron su cadáver que fue enterrado en el cementerio de Enviny, gracias a un ciudadano anónimo que cedió un nicho propiedad de su familia. En la lápida se podía leer algo así como “aquí yace un soldado alemán desconocido”. 

Años más tarde, la embajada de Alemania en Madrid decidió trasladar los restos de este aviador de Enviny al cementerio militar germano en la localidad extremeña de Cuacos de Yuste. 

domingo, 20 de septiembre de 2015

Los libros más desconocidos de la Guerra Civil en Cataluña

Libro los catalanes en la Guerra de España

Con la apertura de este blog, centrado en al Guerra Civil y especialmente en Cataluña, pretendemos dar una visión de los aconteceres personales de los protagonistas de aquella época turbulenta y cainita, donde las luchas fratricidas entre hermanos de sangre, los asesinatos, saqueos, fusilamientos y torturas, demostraban el carácter más depravado y vil del género humano.

Es interesante volver la vista atrás para que no se reactive con virulencia lo pasado y para ello nada mejor que enfrascarse en las historias personales que, impresas en los libros por sus autores, nos hacen reflexionar sobre lo ocurrido en una época triste en la historia de España. Y el primer artículo de este Blog va a centrarse en los libros impresos que hablan sobre la Guerra Civil y cómo la vivieron los españoles catalanes que la escribieron.

El primer libro que me marcó y que va a servir de faro y nexo de unión de este artículo se titula “La Sexta columna: Diario de un combatiente leridano” escrito por Magin Vinielles Trepat y basado en los apuntes de un soldado  del ejército nacional. Este libro fue publicado por Ediciones Acervo Barcelona 1971 ( ahora muchos nos preguntamos que pasaría con las editoriales que publican en español ante una supuesta independencia de Cataluña).

Ya en la introducción el autor  señala algunos de los libros importantes respecto a la historiografía de la guerra y alude como esencial al  escrito por José María Fontana Tarrats  “Los catalanes en la Guerra de España” un testimonio personal escrito por un catalán de Reus, quién escribe de una manera honesta y auténtica los acontecimientos de aquella época. 

Si Fontana contaba las odiseas de los catalanes que pasaban a zona nacional por todos los medios posible, otro catalán José Llordés un soldado que hacía el servicio militar en África al comenzar la sublevación, narraba sus peripecias personales de una forma sencilla y llana demostrando su catalanismo españolista en el libro “Al dejar el fusil: memorias de un soldado raso en la guerra de España”. En este libro también se desprende que muchos combatientes no sabían verdaderamente las causas profundas de la guerra.
La Sexta Columna de Magín Vinielles

Desde mucho antes de la Sublevación existían un gran número de regiones españolas que desconfiaban de Cataluña y por ende de los catalanes, y lo hacían así porque siempre había sido una “región privilegiada” por los gobernantes. Estas reticencias se basaban en el hecho de que era la zona más industrializada de España, la que comerciaba con los productos coloniales y con una fuerte implantación económica en Cuba. Ello, junto a la idea de poseer una lengua distinta, provocó que muchos catalanes quisieran distanciarse del resto de regiones, floreciendo las ideas separatistas e independentistas.

 Pero la realidad es más compleja de lo que a simple vista parece, el genuino catalán no es independentista también es españolista, porque esto le permite seguir estando a la cabeza del resto de las naciones de España (el 90%  de su producción es comercializado en el resto del territorio español); lo paradójico es que son muchos los emigrantes y sus hijos, los conocidos por “charnegos”, los que actualmente más propugnan ese independentismo. El otro día en una boda oía decir a una zamorana jubilada casada con un catalán que ella es más independentista que su marido, y esto lo decía con toda la deslealtad a sus ancestros familiares y a sus orígenes, incluso poseyendo casa en un pueblo de Zamora donde pasaba la mayor parte del año.

Es importante que los españoles catalanizados de segunda o tercera generación tengan en cuenta que durante los primeros años de la década de 1930, atraídos por la actividad económica de Cataluña tanto en la industria textil como en las explotaciones mineras, llegaron sus antepasados a dicha región procedentes de diferentes puntos de España. Ellos fueron instalados en Colonias apartadas de los catalanes autóctonos. En el libro “Creyeron que éramos rebaño: La insurrección del Alto Llobregat y la deportación de anarquistas a Canarias y África durante la II República” del canario Jesús Giráldez Macía se dice “Las colonias se emplazaban cerca de las entradas de las minas y fábricas, alejadas de los pueblos autóctonos, aisladas “en la soledad del campo donde no existe otro estímulo ni aliciente que el trabajo. Una ubicación que establecía una diferenciación geográfica con respecto a las poblaciones ya existentes y facilitaba la marginación, y como en cualquier otro proceso inmigratorio, también producía algunas fricciones entre la población establecida y la foránea”.- Cristina Borderías Modéjar en su tesina de licenciatura de Historia “La insurrección del Alto Llobregat. Enero 1932. Un estudio de historia oral” dice “…. Por ejemplo cuando la insurrección los mineros decían : -esos catalanes son unos gallinas, que no nos han ayudado, son unos cobardes; y esto a ellos les sentaba muy mal”.
Creyeron que éramos rebaño

El periódico Solidaridad Obrera, diario que salía a la luz bajo la órbita de la CNT, se hacia eco de las diferencias que se establecía entre inmigrantes y catalanes, aunque las iniciativas del sindicato anarcosindicalista no impidieron que, además de su exclusión geográfica, la población inmigrante también sufriera marginación en la selección de puestos de trabajo, como se escribía en este periódico de marzo del año 1932 “…De hecho los mineros propiamente dichos, los que bajaban a los pozos, eran emigrados, mientras los catalanes podían optar a trabajos menos duros en otras dependencias de las minas, oficinas, talleres, fábrica o bien en las fábricas textiles”

En la Introducción de libro que nos sirve de guía “La Sexta Columna” escrita por Rafael Garcia Serrano se dice: “Creo que a Cataluña no la entendió desde 1931 hasta que fue asesinado en 1936,  mas que un solo hombre español: José Antonio Primo de Rivera. Yo recomendaría la lectura de sus textos a todos los españoles, incluidos algunos frailes de Montserrat, del convento de Capuchinos de Sarriá y al párroco de S…, que se negó a leerlos a pesar de que se los ofreció para una biblioteca popular un cierto gobernador de Tarragona: -No se moleste, señor Gobernador. No voy a tener tiempo   -No se preocupe usted por eso, Mosén, porque tampoco entra en mis costumbres echar margaritas a los cerdos. Con lo cual quedaron cero a uno”.

Hubo un catalán que sí leyó, entendió e incluso idealizó a José Antonio Primo de Rivera y este fue el insigne genio pintor Salvador Dalí. Él siempre tuvo una fotografía del líder falangista en su despacho, aunque luego se apresuraran a quitarla (todos sabemos quién) de de su casa Museo  inmediatamente que se abrió al público. Por mucho que traten de ocultar el españolismo del genio Dalí, creando memorias falsas, siempre habrá las demostraciones gráficas que demuestren su lealtad al régimen franquista y a los postulados joseantonianos.

Hoy en día ya no se trata de hacer leer los postulados de José Antonio Primo de Rivera a nuestro Clero catalán, como en la conversación anterior del Mosén con el gobernador, basta con demostrar las estadísticas de las víctimas que en el Clero hubo durante la II República y la Guerra Civil. El protagonista de nuestro libro al que su autor llama Jorge Fitalta para preservar su anonimato, entre una de las razones que le llevaron a ocultarse en su pueblo natal de Lérida y posteriormente evadirse a zona nacional para luchar con los nacionales según las notas escritas que dejó al autor, fue la persecución a la que fue sometido el Clero en Cataluña; él miembro activo de las Juventudes Católicas Catalanas, veía en esto un motivo para que sus vecinos mas izquierdistas le persiguieran y por ello primero se oculta en habitáculos en el campo y luego se evade a zona nacional. 
Salvador Dalí y detrás una fotografía de
José Antonio Primo de Rivera


El anticlericalismo fue una de las notas esenciales que caracterizaron la II República, hecho que se demostró con la quema de cientos de edificios religiosos y obras de arte religiosas, así como la persecución implacable de los eclesiásticos. Las estadísticas vienen a demostrar que durante la Guerra Civil se asesinaron alrededor de 6800 clérigos, entre ellos 13 obispos y 283 monjas según afirma Carlos Gil Andrés en su libro “Españoles en guerra: la guerra civil en 39 episodios”, continúa afirmando que el 40% de las víctimas cayeron en los dos primeros meses de la contienda, y en algunos lugares como la diócesis de Lleida y Tortosa la matanza se convirtió en un exterminio. Jose María Fontana  matiza que fueron 6842 y mas centrado en Cataluña insiste en que fueron martirizados los obispos Irurita, de Barcelona; Huix, de Lérida y Borrás, auxiliar de Tarragona. Por diócesis, en Lérida mataron al 65,8% del clero diocesano (270 sacerdotes de 410); en Tortosa el 61,9% (316 de 510); en Tarragona el 32,4% (131 de 404); en Vich el 27,1% (177 de 652); en Barcelona el 22,3% (279 de 1.251); en Gerona el 20% (194 de 932); en Seo d´ Urgel el 20,1% (109 de 540) y en Solsona el 13,4% (60 de 445). 

Este atropello a los derechos humanos no ha sido ni siquiera argumentado por aquellos que piden la recuperación de la Memorias Histórica, y por los poderes políticos, religiosos y mediáticos de la Cataluña actual. ¿Qué pensarán las monjitas asesinadas en la guerra si,oyeran hablar a la monja Teresa Forcades, (a la que nada más lejos de mi intención de llamar Sor). Nos sigue llamando la atención que tanto esta señora como Lucía Caram cuentan con el beneplácito de las jerarquías eclesiásticas catalanas y del propio Vaticano. Durante la Guerra Civil fueron asesinados 23 benedictinos catalanes, aspecto éste que sería necesario volver a recordar a Teresa Forcades, monja benedictina también.

La Generalidat logró sacar de Cataluña a determinados jerarcas de la iglesia: Arzobispo de Tarragona Cardenal Vidal i Barraquer, el obispo de Tortosa Félix Bilbao, el obispo de Gerona Josep Cartanyá y al abad Marcet de Montserrat. El domingo 19 de julio había sido el último día en que una peregrinación subió a Montserrat, al final del día se retiró el Santísimo mientras ya las iglesias ardían en la llanura al pie de la montaña. La prensa revolucionaria incitaba a la destrucción de Montserrat hecho que motivó a la Generalitat a incautarse del Monasterio.  Una vez fuera de España el abad Dom Marcet (Dom Antoni María Marcet i Poal nacido en Tarrasa y monje benedictino como todos los de la comunidad de Montserrat) indicó a todos sus monjes en edad militar que se trasladasen a zona nacional y se incorporaran al Ejército, él tras unos meses en Alemania entró en la España nacional y acompañado por el Cardenal Gomá visitó a Franco en Salamanca.

El familiar de Companys que luchó con Franco

En el libro que nos sirve de guía “La sexta columna”se afirma con contundencia  “…que en Cataluña hubo partidas que mantuvieron la bandera nacional en medio del territorio que nominalmente dominaba el pobre señor COMPANYS, como todo el mundo sabe.- Así un ejemplo de un sujeto llamado GUARDIA FORT, campesino gerundense, respondió a los milicianos que le preguntaban: -¿Cómo es que tienes cinco hijos luchando en las filas de Franco?.- A lo cual el hombre contestó “Es que només en tinc cinc…!”. Lo cual quiere decir para los que no sepan catalán que el Señor GUARDIA FORT se explicó clara y lógicamente “¡Es que solo tengo cinco…!”

Ya en zona nacional nuestro protagonista visita en unión de varios amigos catalanes en Pamplona al Reverendo Alberto Bonet, fundador y Consiliario de la Federación de Jóvenes Cristianos de Cataluña, el cual les aconsejó: “Os ruego que al desparramaros por los frentes dejéis constancia de vuestra condición de catalanes y españoles, disipando cualquier mal entendido que pudiera existir al respecto. Ha llegado el momento, hijos míos, de que los catalanes demostremos con la dialéctica irrefutable de los hechos, que nada hay mas falso que ese pretendido separatismo, propio de una pequeña minoría de irresponsables. Id con Dios y que la Virgen de Montserrat os proteja”.

Aunque se ha tratado de silenciar, hubo una gran desbanda de catalanes españoles o españoles catalanes como se quiera decir , que abandonaron Cataluña para incorporarse a los batallones franquistas. Y hemos de romper este mito dado que algunos escritores resentidos han querido minimizar la aportación catalana al bando nacional, justificándose en la huida masiva a Francia cuando se produjo el final de la campaña en Cataluña, presentando esto como un plebiscito contra la España de Franco: el éxodo se produjo por inercia, como consecuencia natural de un ejército en derrota, sin voluntad de combate acompañado de sus familias, políticos y funcionarios ministeriales y familiares que fueron evacuados a Cataluña durante la guerra.

Los muchos catalanes evadidos a la zona nacional fueron agrupándose en unidades militares mandadas por catalanes y dónde el catalán era la lengua habitual, sin ningún tipo de cortapisas por parte de los Superiores militares en las Unidades en que se encuadraban: un ejemplo que nos relata nuestro libro-guía es el de Antonio Marsá, pariente de Luis Companys presidente de la Generalitát, casado y con una hija, voluntario en Infantería, a pesar de no estar comprendido en edad militar; resulta éste un caso digno de ser destacado dado que era un humilde labriego, apolítico,no tenía la presión de evadirse dado que nadie le perseguía, ni estaba obligado a dejar a su familia en la indigencia. 

 La fama de los catalanes fue recordada en forma de zortziko norteño:

“En los montes de Espinosa
hay una fuente que mana
sangre de los catalanes
que murieron por España.
  
Sangre de los catalanes
que murieron por España
en las cumbres de Espinosa
hay una fuente que mana”


BIBLIOGRAFIA:
-“La Sexta columna: Diario de un combatiente leridano”  Magin Vinielles Trepat . Acervo Barcelona 1971
- “Los catalanes en la Guerra de España” José María Fontana Tarrats 
-“Al dejar el fusil: memorias de un soldado raso en la guerra de España” de José Llordés
-“La insurrección del Alto Llobregat. Enero 1932. Un estudio de historia oral” Cristina Borderías Modéjar
-“El silenci de les campanes” Jordi Alberti
-“ La heroica mujer catalana durante la persecución religiosa en Cataluña (1936-39)” Maria del Tura Roure i Castanyer.- https://laverdadofende.wordpress.com/2014/06/18/documento-sin-titulo/
-“Creyeron que éramos rebaño: La insurrección del Alto Llobregat y la deportación de anarquistas a Canarias y África durante la II Republica” de Jesús Giráldez Macía.
-“Españoles en guerra: la guerra civil en 39 episodios” Carlos Gil Andrés